En mitad del pueblo de Quintanilla Valdebodres se encuentra una surgencia de aguas transparentes al que se le llama el Pozo del Infierno. Esta movía al molino. Hoy un ejemplo para toda la Merindad de Sotoscueva al encontrarse restaurado explorado 200 metros con una profundidad máxima de -18 m.
Leyendas
Dicen los lugareños, «Satanás tiene allí la entrada a su guarida» y se entretiene recorriendo los canales de Dulla, una zona de gran belleza en la que se despeña el río Nela por el barranco que permite la impresionante caída de más de 30 metros de la cascada de ‘La Mea’. El caserío de Quintanilla Valdebodre está presidido por ‘La Santina’, cariñoso apelativo con que los lugareños se refieren a la Virgen con el niño en brazos que guarda el pueblo y aleja el mal.
El pozo surge en mitad del pueblo, en la parte más alta, justo debajo de la iglesia. De él mana agua y no fuego. Pero algunos dicen que Satanás tiene la entrada a su guarida allí.
En ese cuento de tradición oral se dice que en cierta ocasión apareció una pareja de bueyes con el brabán enganchado en este lugar. Los animales habían sido tragados unos kilómetros antes por el Ojo del Guareña. Salieron del Pozo del Infierno.
También se habla de la imagen de una virgen con su pequeño altar a modo de santuario en mitad del pueblo a la que se atribuye una especie de milagro. Se dice que era propiedad de Brizuela, que la tenía prestada a Quintanilla. En el momento de su devolución, los bueyes que transportaban la imagen –quizá los mismos aparecidos en el Pozo— se negaron a pasar el río Nela. Y la imagen se quedó para siempre en Quintanilla.
Los bueyes
Con el demonio nunca se sabe y está siempre al acecho. Tiene mil escondites desde los que observa la vida de los valles y alimenta con su aliento las más negras leyendas. De cuando en cuando se lleva a algún alma malvada y, sin querer, hace un bien a los lugareños. Como aquel despiadado vecino que pagaba su mal carácter con los torturados bueyes con los que araba un baldío terreno tan yermo como su propia alma. Día tras día, palo tras palo, ara que te ara, los mansos bueyes arrastraban su carga y su condena hasta que vieron asomar los cuernos al diablo y echaron a correr con el campesino enredado en sus arreos, huyendo del mal y arrastrando con sigo el cebo de Belcebú. Tan cerca notaban el aliento del demonio que sin dudarlo se lanzaron al Ojo Guareña y el sumidero en el que desaparece el río se tragó a los bueyes y detrás al ruin campesino, ya casi en las fauces de Lucifer.
Cuentan los relatos de la comarca que pasados unos días, de luto ya por el alma del cruel labrador, al otro lado de la montaña vieron salir a los dos bueyes, uncidos aún, del mismísimo Pozo del Infierno. De su amo el labriego nada más se supo. Se lo quedó Satanás entre sus garras y paga sus penas entre las mil cuevas, pozos y gargantas de la comarca.



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